La nota de Infobae analiza un nuevo estudio que advierte que ciertos usos de la inteligencia artificial, especialmente los grandes modelos de lenguaje (LLM), pueden funcionar como un “virus cognitivo”: no porque sean una enfermedad, sino porque se propagan socialmente y pueden erosionar la autonomía humana si se los delega en exceso.
El trabajo, divulgado en la plataforma científica ArXiv y aún sin revisión por pares, propone una analogía entre la expansión de los LLM y la dinámica de un contagio social. Según sus autores, estas herramientas no solo se distribuyen rápidamente entre individuos y organizaciones, sino que se “incrustan” en prácticas cotidianas de escritura, análisis y toma de decisiones, hasta volverse casi invisibles en el tejido cultural. La comparación con un virus no apunta a generar pánico, sino a describir cómo cierto tipo de dependencia tecnológica puede multiplicarse y consolidarse si no se establecen límites claros en su uso.
El eje del modelo que presenta el estudio es la relación entre delegar tareas cognitivas y la fortaleza del entorno social que sostiene el razonamiento autónomo. Cuanto más se tercerizan actividades como redactar textos, resumir información o elaborar argumentos en manos de sistemas de IA, más se debilitan las habilidades de las personas para sostener esas mismas tareas por sí mismas. A su vez, cuando ese entorno de pensamiento crítico se deteriora, la delegación se vuelve aún más tentadora: recurrir al modelo parece más rápido, más cómodo y más eficaz que ejercitar las propias capacidades. De este modo, un aumento gradual en la adopción de LLM puede derivar en una respuesta colectiva desproporcionada, en la que la pérdida de autonomía se realimenta a sí misma hasta generar una “descarga cognitiva” más amplia y una disminución notable de competencias.
Los investigadores describen en su trabajo la existencia de umbrales críticos o puntos de inflexión. En la práctica, esto significa que no hay un cambio brusco desde el primer uso de la IA, sino una curva: durante un tramo, la incorporación de LLM convive con capacidades humanas robustas; pero una vez superado cierto umbral de uso y dependencia, pequeños incrementos de adopción pueden disparar cambios rápidos a nivel poblacional. Esa transición se parece, en el modelo, a una “trampa”: cuanto más útil y extendida es la IA, más difícil resulta retroceder y recuperar autonomía, porque las personas y las instituciones ya han reconfigurado su modo de trabajar y pensar en función de estos sistemas. La consecuencia sería una población que, en poco tiempo, se ve con menos capacidad para formular, evaluar y corregir ideas sin apoyo tecnológico.
La nota también subraya que el estudio se inscribe en una discusión más amplia sobre los riesgos de la inteligencia artificial, pero se diferencia de los escenarios apocalípticos que plantean una IA que decide por sí misma dañar a la humanidad. Aquí el foco está en una forma de dependencia cotidiana, que puede ser casi imperceptible: la adopción creciente y acrítica de asistentes de escritura, sistemas de recomendación y herramientas de análisis textual. Por eso, los autores no proponen abandonar la IA, sino desarrollar claves para un uso saludable: mantener espacios donde se valore la escritura y el razonamiento propio, promover habilidades de verificación de fuentes y análisis crítico, y diseñar entornos educativos y laborales que no sustituyan sistemáticamente el esfuerzo cognitivo humano por respuestas automáticas. En síntesis, el “virus” que describen no es un programa malicioso escondido en los modelos, sino el riesgo de que, sin políticas y hábitos conscientes, dejemos de ejercitar las capacidades que sostienen nuestra autonomía intelectual.

