El avance de las apuestas online entre adolescentes y menores de edad se ha consolidado en los últimos años como una de las principales preocupaciones de especialistas en salud mental, educadores y organismos oficiales en Argentina. Diversos estudios coinciden en que el fenómeno dejó de ser marginal: ya no se trata de un grupo reducido de jóvenes curiosos, sino de una práctica instalada en la vida cotidiana, facilitada por el celular, las billeteras virtuales y la permanente conexión a internet. Esta expansión silenciosa puso en tensión a las familias, al sistema escolar y a los reguladores, que buscan respuestas frente a una actividad prohibida para menores, pero cada vez más presente en sus pantallas.
Las cifras delinean un escenario de alto impacto. Informes recientes muestran que entre seis y ocho de cada diez adolescentes tuvieron algún tipo de contacto con sitios o aplicaciones de apuestas, ya sea participando directamente o a través de amigos y conocidos que juegan de manera habitual. En algunos relevamientos, una parte significativa de los jóvenes reconoce apostar con frecuencia, incluso a diario, y destinar una porción relevante del dinero que reciben de sus familias a estas plataformas. A esto se suma que muchos menores no distinguen con claridad entre espacios legales, ilegales o directamente fraudulentos, lo que los expone a estafas, pérdida de ahorros y manipulación por parte de operadores sin ningún control estatal.
Detrás de esa masificación se combinan varios factores: publicidad agresiva en redes sociales, transmisiones deportivas y contenidos de influencers; la facilidad para abrir cuentas o usar billeteras digitales; y la disponibilidad de plataformas que funcionan las 24 horas, desde cualquier dispositivo con conexión a internet. Especialistas en neurociencias y conducta advierten que el ecosistema digital está diseñado para activar el sistema de recompensa del cerebro, y que la adolescencia es una etapa de particular vulnerabilidad a este tipo de estímulos repetitivos. La promesa de “ganar rápido”, sumada a la presión del grupo de amigos y a la idea de que “todos juegan”, convierte a las apuestas en una práctica que muchos jóvenes perciben, en un primer momento, como un simple juego o un desafío más entre pares.
Sin embargo, las consecuencias pueden ser profundas. Psicólogos y psiquiatras señalan que el paso de la curiosidad a la ludopatía digital puede darse en poco tiempo cuando las apuestas se hacen recurrentes. El juego problemático se vincula con ansiedad, irritabilidad, cambios bruscos de humor y aislamiento social, además de conflictos económicos que, en adolescentes, suelen manifestarse en dinero que “desaparece” o deudas con amigos y familiares. También se observan dificultades para concentrarse en los estudios, pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban y una preocupación constante por resultados deportivos o nuevas oportunidades para apostar. Para quienes estudian el fenómeno, estas señales tempranas suelen pasar desapercibidas en los hogares hasta que el problema ya está instalado.
En ese contexto, los especialistas subrayan que la respuesta no puede limitarse a la prohibición formal de las apuestas para menores, que ya existe, sino que debe combinar educación digital, acompañamiento familiar y mejores controles sobre las plataformas. Recomiendan que padres y madres hablen abiertamente con sus hijos sobre el tema, conozcan qué aplicaciones utilizan, supervisen el uso de billeteras virtuales y recurran a herramientas de control parental cuando sea necesario. A la par, plantean la necesidad de fortalecer las regulaciones, perseguir sitios ilegales que se promocionan en redes sociales y ofrecer dispositivos de orientación y tratamiento accesibles para adolescentes que ya presentan un vínculo problemático con el juego. Para los expertos, la clave es reconocer que se trata de un problema de salud y de protección de derechos, no de una simple travesura juvenil.

