El teniente general Carlos Alberto Presti juró este mediodía como ministro de Defensa en el Salón Blanco de la Casa Rosada, vestido con uniforme de campaña y no con traje, como fue tradición desde 1983. Para el oficialismo, el gesto tiene un fuerte contenido simbólico: busca marcar un cambio de época en la relación entre el poder civil y las Fuerzas Armadas, y profundizar el acercamiento político a la “familia militar” iniciado por Javier Milei desde su llegada a la Casa de Gobierno. Presti asume en reemplazo de Luis Petri, que dejó el cargo para ocupar su banca de diputado nacional por La Libertad Avanza, y se convierte en el primer militar en actividad en conducir la cartera desde el retorno de la democracia.
El desembarco de Presti llega acompañado de un reordenamiento profundo del esquema de poder dentro del ministerio, con un gabinete donde la presencia de cuadros militares —en actividad y retirados— gana un peso inédito en décadas. El nuevo ministro combina continuidad con la gestión saliente y una impronta propia: ratifica a funcionarios clave del dispositivo político-administrativo de Petri, pero al mismo tiempo reintroduce oficiales de carrera en cargos de decisión que en los años kirchneristas habían quedado casi exclusivamente en manos civiles. En Balcarce 50 leen este armado como una señal de “profesionalización” del área; en sectores críticos, en cambio, advierten un riesgo de “partidización” de la fuerza y de dilución de los contrapesos civiles sobre la política de defensa.
La pieza más sensible del nuevo organigrama es la Secretaría de Estrategias y Asuntos Militares, equivalente a un viceministerio, que quedará en manos del general de división Jorge Alberto Puebla, de 59 años y con extensa trayectoria en planificación. Su rol será articular de manera directa entre el edificio de Azopardo y los Estados Mayores del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, convirtiéndose en el principal canal de diálogo técnico-operativo del ministro. En paralelo, el teniente coronel retirado Daniel Enrique Martella asumirá como secretario de Asuntos Internacionales para la Defensa, en una señal de continuidad con la estrategia exterior de Milei, muy enfocada en la cooperación militar con Estados Unidos e Israel. La vuelta de Martella, echado durante el ciclo kirchnerista, es leída como una reivindicación de cuadros desplazados en la década pasada.
El desembarco militar también se hará sentir en áreas clave de gestión y logística. La Agencia Logística de la Defensa, responsable de la provisión de equipamiento, combustible, alimentos y transporte para las fuerzas, será conducida por el general de brigada Carlos Horacio Martín, un oficial valorado por su conocimiento del sistema de adquisiciones en un momento en que el Gobierno apuesta a acelerar la modernización del instrumento militar, con la llegada de los cazas F-16 como telón de fondo. En la Secretaría de Investigación, Política Industrial y Producción para la Defensa continuará Mario Katzenell, lo que apunta a sostener la agenda de desarrollo tecnológico y capacidades industriales locales iniciada en 2023. El coronel de Intendencia Ariel Andrés Mira Peña quedará al frente del área de Administración, clave para ordenar el presupuesto de una cartera atravesada por años de recortes, deudas y proyectos inconclusos.
Pese a la impronta castrense, el esquema de Presti preserva algunos equilibrios. El licenciado Guillermo Madero, con trayectoria en gestión de emergencias y protección civil, seguirá como jefe de Gabinete de Asesores, aportando continuidad administrativa en la interfase entre Defensa Civil y las Fuerzas Armadas. En paralelo, el nuevo ministro ubica la reestructuración del IOSFA, la obra social de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, entre sus prioridades inmediatas: la entidad arrastra déficits crónicos, demoras en pagos y quejas persistentes por prestaciones, y será intervenida por un civil con experiencia en gestión empresarial cuyo nombre el Gobierno aún mantiene en reserva. El desafío de Presti será traducir este equipo austero, disciplinado y con fuerte impronta militar en resultados concretos: recuperación operativa, eficiencia en el gasto y orden administrativo en un ministerio históricamente sensible, donde cada gesto —como jurar de uniforme en la Casa Rosada— reabre el debate sobre los límites y alcances del protagonismo castrense en la política democrática argentina.


